Tapioles, cuantos buenos ratos he disfrutado en tus tierras, pero el encanto de este pueblo no es la tierra en si, si no sus gentes, esa gente que hace que uno en el pueblo se sienta seguro, que se sienta en casa.
Hace años cuando era un joven adolescente, empecé a veranear en el pueblo de mis antepasados, y descubrí allí unos grandes amigos, que para siempre estarán en mi corazón.
Pasamos buenos veranos con momentos inolvidables momentos como las excursiones en bici, las peleas de girasoles, la caza de topillos, las bombas de salfuman, los partidos de pelota, los partidos de fútbol (limpiar el campo de fútbol), liar a kety con las vueltas, ir a ver las estrellas con posterior caza a Indurain, las misiones de alto riesgo al melonar, las cenas en las bodegas o simplemente quedarnos en la plaza charlando y comiendo pipas son solo algunas de las muchas cosas que siempre encontrábamos que hacer, el caso es que no nos aburríamos y si nos aburríamos a alguno se le ocurría alguna cosa que hacer.
Luego llegaron las chicas, no es que no estuviesen antes, si no que no las hacíamos ni caso, pero con el paso de los años las hormonas hicieron su aparición y nos dimos cuenta que ellas también existían y en este aspecto el pueblo me ha dado mucho, alli di mi primer beso a una chica, y allí conocí al ser mas especial de mi vida, mi novia Aurelie, la cual anda de erasmus por Finlandia.
Pasaron los años nos hicimos mayores y aquellos largos veranos de bicicletas y pipas, dieron paso a visitas expres en San Roque, las fiestas del pueblo, algún fin de semana que otro y si los planetas se alinean correctamente a lo mejor una semana o 10 días de vacaciones.
La gente se hace mayor y poco a poco se distancia ya sea por el trabajo, por sus parejas o por la razón que sea y cuando llegas al pueblo en vez de encontrarte con una gran pandilla de amigos, si tienes suerte encuentras uno o dos. Hace unos años cuando llegué a Madrid, cada poco me subía a mi megane amarillo, me iba al pueblo el fin de semana y salía de Madrid sin llamar a nadie, pues no lo necesitaba, sabia que al llegar allí encontraría a mis amigos, ahora eso no puede ser, ahora si quiero ir, he de preguntar con tiempo quien va a ir para saber si merecerá la pena ir, es triste, pero es así, en fin, cuantos buenos ratos que nunca volverán.
Por lo menos se que a pesar de todo y aunque estén lejos, los amigos siguen estando y por supuesto siempre estarán en lo mas profundo de mi corazón.